Caricias al corazón

Después de un largo día en el que todo tuvo prioridad menos ella, por fin sucedió. Quince minutos de paz y tranquilidad, la hora mágica del baño en la que podía cuidarse, mimarse y recordar qué es ser mujer y no sólo madre. 

Tras la rutina diaria se dirigió a la cama. Como cada noche, el lado derecho estaba ocupado. Ahí estaba él, tumbado, rodeado de esos cojines que tanto le gustaba abrazar. Ella se tendió a su lado buscando un calor que, por diferentes motivos, nunca encontraba.

Lo intentó, llevaba mucho tiempo intentando captar su atención sin ningún éxito. No extendió el brazo para cubrirla, no abrió los ojos para decirlo todo sin hablar, ni siquiera sonrió sabiéndola cerca.

Con la horrible sensación de sentirse sola aun estando acompañada, se giró para evitar tener frente a ella el vacío más absoluto. Y así, se preguntaba qué podría tener ese cojín para que prefiriese tenerlo entre sus brazos en lugar de tocar su limpia piel con olor a vainilla. 


Por suerte, una luz en la mesilla alumbró esa noche oscura y le hizo recordar lo que es sentirse querida. Una delicada voz le acarició y le llevó dulce y lentamente hasta el sueño más tranquilo que tuvo en mucho tiempo.

Y descubrió que el sentimiento no es cuestión de distancia, y que la persona que abrace tu corazón en las noches más oscuras puede no ser aquella que se encuentra a tan sólo un brazo de distancia.

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