Tener miedo

Porque todos tenemos miedo… Y los peores, son esos que no se ven.

‘Fui consciente de cómo me temblaban las piernas cuando tiró con suavidad de mis caderas para sentarme a su lado. Me miró de nuevo a los ojos mientras me apartaba unos rizos de la frente, como para asegurarse de que estaba convencida de aquello.

  • No tengo miedo – le prometí en un tono que, de puro retador, casi pareció infantil.
  • Ya lo sé – me contestó él. Sentí cómo me recorría un escalofrío cuando acarició mi cuello con el pulgar, trazando dibujos invisibles sobre mi piel -. Tú nunca lo tienes.

Estuve tentada de decirle que se equivocaba. Tenía miedo de muchas cosas, si me paraba a pensarlo; de muchísimas, en realidad. Del momento en que el roce de sus labios no fuera más que un recuerdo, de que la dulce invasión de su lengua, aprendiéndose de memoria mi boca, acabara desdibujándose como un sueño después de despertar. De que las manos con las que me acercó más a él, tan fuertes y calientes, rebosantes de vida, se convirtieran en un puñado de cenizas tan frías como las de Tsuyu.”

(El incienso de los espíritus. Victoria Álvarez)

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