Introspección

Con el tiempo, echas la vista atrás para hacer balance. La edad, te otorga de una mirada que antes no tenías; es casi como tener superpoderes, el superpoder de verte como si fueras otra persona. Llega un momento en el que eres capaz de coger perspectiva, alejarte de ti misma y observarte como si fueras una tercera persona. Entonces es cuando comienzas a descubrirte. 


Yo he descubierto muchas cosas, algunas seguirán en secreto, casi como si siguiera sin conocerlas. Otras las reconoceré abiertamente porque llevo años intentando convencerme de que nadie tiene que ser perfecto.

Sí, lo sé, suena obvio, verdad? Pero cuando lo que mamas es la perfección, cualquier pequeña cosa que no sale bien frustra mucho. Empecé a darme cuenta de la importancia de abrazar el error cuando vi que mi hijo comenzaba a comportarse como yo. Y es que no nos damos cuenta de lo importante que es el ejemplo. Muchas veces no hace falta la palabra para enseñar o mostrar emociones, simplemente un gesto facial puede decirlo todo. 
Y en ese camino me encuentro, en el camino de conocerme, reconocerme y aceptarme (por ese orden). Hoy vengo a hablar de dos cosas que siempre fueron conmigo y hasta que no me paré a saber quién soy, no reparé en ellas. 

La primera es mi intensidad. Sí, lo reconozco, soy intensa. Sé que no es fácil tener cerca a una persona así, pero también os digo que, como todo, depende de cómo lo mires. Aquí entra la importancia de no etiquetar y de no jugar a ser psicólogos con diagnósticos expertos (y daré un dato sobre mí, soy psicóloga. Constantemente escucho etiquetas por la calle que ni siquiera yo misma, después de largos años de estudio, me atrevería a aventurar).

Para mí el mundo de las emociones es un auténtico parque de atracciones. Vivo la vida con intensidad. Disfruto como una niña con las cosas buenas, parezco Ira de «Inside Out» cuando algo me enfada. Cierto es que no es más que un momento, pero esos minutos son realmente intensos. ¿Podría cambiarlo? ¿podría intentar controlar esas emociones? Por supuesto, siempre mantendré que las personas pueden cambiar. La pregunta no es si puedo, la pregunta es si quiero. Ahí no estoy tan segura, porque como decía, es un rasgo muy característico. Habrá quien pueda pensar que es un desequilibrio emocional, que tengo dificultad para gestionar las emociones y una larga lista de bla, bla, bla… Como comentaba antes, dejemos de colgar etiquetas. No, es mucho más sencillo que todos eso. Hay personas que vivimos intensamente aquello que nos ocurre, la clave es si esa intensidad te impide llevar una vida normal o si dura tanto en el tiempo que vives permanentemente en subidas y bajadas emocionales. Ese no es mi caso (a pesar de reconocerme un poco «Drama Queen», pero es parte del juego), mi realidad es que aunque por la vida que he llevado debería de haber enterrado hace tiempo a mi niña interior, en el fondo nunca quise hacerlo. Y lo conseguí, una vez más lo conseguí. Esa niña sigue ahí. Es una niña perdida, enamorada de Peter Pan, siguiendo el camino de baldosas amarillas y creyendo de verdad en la magia. Y es que no tenemos que tener miedo a sentir, señores. Las emociones están hechas para recordarnos que somos humamos. Gracias a ellas reímos, lloramos y nuestros días son una aventura. 


La última cosa de la que quería hablar hoy, es de mi necesidad de darlo todo. Llevo un tiempo en el que me siento rara, incompleta. Es como si nada consiguiera llenarme de verdad. No me siento cómoda en absoluto con esta sensación, porque siempre he sentido que soy una persona feliz, afortunada y agradecida por cada nuevo día que se me regala.

De un tiempo a esta parte siento como si me faltara algo. ¿Sabéis cuando estáis ya casi terminando un puzzle y de repente fijáis la vista en el único espacio de la mesa en el que faltan piezas? Es sólo un hueco pequeño si tenemos en cuenta la totalidad del puzzle, pero es imposible retirar la mirada de él. Podríamos decir que es algo así. No puedo quejarme de absolutamente nada, creo realmente que soy una privilegiada a todos los niveles. Sin embargo, algo me está pasando por dentro. Aún no he conseguido llegar a qué es exactamente, pero lo haré. 

Como decía, desde pequeña he tenido la necesidad de darlo todo. Si alguna vez me ponía con algo, tenía que ser en cuerpo y alma, de no ser así, no lo hacía. Me pasa con la familia, los amigos, el trabajo, las aficiones… Siempre he dicho que si haces algo, que sea con todo; porque puede que no salga bien, pero siempre te quedarás tranquila sabiendo que tú has hecho todo lo que estaba en tu mano porque así fuera

De un tiempo a esta parte siento que en muchos ámbitos de mi vida, no me estoy dando como debería. En el trabajo podría hacer mucho más de lo que hago, sin duda alguna. A nivel familiar, podría centrarme y ofrecer más de mí. Hay amigos a los que hace tiempo que no llamo o escribo. La lista podría seguir de manera infinita; podríamos hablar del amor, de la atención y cuidados que me prodigo…Pero para ser sincera, no me apetece. Me quedo con que tengo esa sensación, con que hay algo que no es igual, algo que ha cambiado y no he sabido ver. Algo que ha provocado en mí un cambio en uno de los pilares fundamentales de mi vida y de mi carácter. 


Seguiré indagando para poder analizar y tomar una decisión, porque lo que sí tengo claro, es que quiero seguir siendo niña que vive con intensidad y mujer que se da al 100% en aquello que hace y con aquellos con los que está. 

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar